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JESÚS EXPULSA A LOS CAMBISTAS

Por Fernando Castro
Santiago de Chile, 27 de marzo de 2021

Cada año los judíos viajaban a Jerusalén para celebrar las fiestas de las Pascuas, los que vivían a menos de veinticinco kilómetros debían hacerlo todos los años, pero los que vivían a mayor distancia no estaban obligados a participar siempre, sino que debían hacerlo aunque fuera una vez en la vida. Así que, en tiempos de Pascuas, Jerusalén se llenaba de gente para la celebración.

Las personas que llegaban debían hacer por lo menos las siguientes dos cosas -como ejercicios espirituales de fe-, traer o comprar un animal ritualmente perfecto para realizar un sacrificio por los errores cometidos en contra de la Ley Divina, y pagar un impuesto en el Templo.

Los que provenían de sitios apartados no siempre portaban la moneda del Templo, entonces los que se dedicaban a cambiar monedas, se disponían “adecuadamente” en el patio abierto que estaba a la entrada del templo, para que los viajeros provenientes de lugares lejanos, pudieran pagar impuesto con la moneda aceptada en el mismo.

De igual manera, aquellos que vendían los animales que se suponían “óptimos”, también se colocaban en ese lugar, estratégicamente, y aprovechar la festividad económicamente para poder ofrecer para la venta aquellos animales que de seguro serian aceptados para el sacrificio, ya que los sacerdotes eran los encargados de verificar que esto se cumpliera.

Todos los que comerciaban en el Templo obtenían ganancias por la transacción; y por otro lado, era bien sabido que existía una buena cuota de valorización personal y parcial sobre los animales que servían de parte de aquellos que examinaban a los animales no comprados en el Templo.

Jesús al ver esta situación, entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en él; y procedió a volcar las mesas de los cambistas y los puestos de los comerciantes de palomas. Mientras hacía esto, les decía: “Está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración’. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de ladrones!”.

Es importante que los estudiantes espirituales, comprendan que mansedumbre no es sinónimo de debilidad. Muy por el contrario, una persona despierta posee un carácter fuerte y asertivo, ya que la debilidad también se evidencia en el carácter de una persona que se muestra dominado o sin poder de decisión, por lo que muchas veces son objeto de manipulaciones o engaños. Pues, es necesario que comprendan que un ser despierto es un verdadero ejemplo de paz, y se halla centrado en su Ser Interno, y que todas sus acciones se encentran impregnadas del inigualable poder vibratorio de su Cristo Interno, -ya que se expresan bajo la forma de una serena orden o de un enérgico acto de la voluntad-. Es posible que las personas que carecen de entendimiento, critiquen el hecho de que Jesús hubiese enfrentado a los cambistas y mercaderes del templo con un látigo, y lo consideren un acto que contradice una de sus enseñanzas, cuando dijo: “Pues yo os enseñe que no resistáis el mal; antes bien, al que te bofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra”. La mejilla derecha es el ser externo y la izquierda representa al ser controlado y comprensivo, que es el interno. Aun cuando el uso violento del látigo por parte de Jesús, para expulsar a los mercaderes y cambistas, no parece concordar con la difundida imagen de mansedumbre del Maestro, que enseñaba la tolerancia y el amor; a veces, las acciones de los Maestros son desconcertantes con toda intención, ya que su finalidad es de sacudir las mentes alienadas y sacarlas del estado complaciente en el cual viven.

Tener un concepto preciso de lo que es internamente apropiado, en el plano de la forma, requiere una rápida inteligencia y firme sabiduría. De modo que Jesús no respondió a una situación insostenible movido por un mandato emocional hacia la ira, sino impulsado por un enfado justo y divino que expresaba su respeto a la inmanencia de Dios “YO SOY” en el lugar sagrado de adoración.

En este caso se puede comprender la molestia de Jesús, aun cuando no era lo único que le molestaba. Se dice que los discípulos corroboraron las palabras de Jesús con las escrituras, que decían: “El amor de la casa de Dios arderá en él como el fuego”.

Se debe considerar que si la ira hubiese impulsado un verdadero arrebato en Jesús, podría haber usado sus poderes divinos para eliminar definitivamente a los profanadores, además con el pequeño manojo de cuerdas que empuñaba, no pudo haber herido gravemente a nadie. Asi que podemos deducir que no fue el látigo que causo ese estruendo, sino la vibración de la fuerza interna expresada a través de su personalidad, la que expulsó a los mercaderes y cambistas.

Los estudiantes internos deben saber que la espiritualidad aborrece la debilidad de carácter, ya que se debe tener siempre la valentía y la firmeza moral de mostrar fortaleza cuando la situación lo requiere, y no parecer mojigato cuando le conviene.

La enseñanza de Jesús que podemos desprender de este acto, es que debemos observar reverencia sobre todos los asuntos de Dios, y en especial en sus Templos de adoración, porque si nos dedicamos a la práctica de su enseñanza superficialmente, mientras que en el trasfondo de nuestra mente albergamos pensamientos de aprovechamiento e irrespeto, estamos tomando el nombre de Dios “YO SOY” en vano.

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