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TRANSFORMÉMONOS

Por: Fernando Castro
Santiago de Chile, 22 de agosto de 2020

Pensemos, sintamos y actuemos enérgicamente en nuestra transformación a seres humanos nobles y compasivos, cada segundo y todos los días de nuestra vida, para hacer algo verdaderamente constructivo a nuestro propio cambio. No engañándonos como hace la mayoría, porque a lo que llaman cambio no va más allá de una membresía en algún movimiento filosófico, religioso o de Nueva Era. En realidad, nadie cambia o se transforma hasta que deja de creer que este cambio debe venir por seguir a un determinado líder, sino mediante la propia verdad de sí mismo, no religiosa, filosófica o en último caso romántica. Y aunque parezca duro, esta transformación no viene sino es mediante el enfrentamiento consigo mismo. Amando la verdad por la verdad misma y no disfrazándola, porque Ella, la Verdad, no es para los débiles, y entiéndase bien esta palabra, porque lo que aquí se quiere dejar en claro, es que esta evolución no es para aquellos que carezcan de la fuerza o resistencia anímica para afrontar los procesos de la transformación personal, donde tendrá que apelar s{olo a sí mismo en el curso del cambio, pues, en esta marcha personal ningún gurú o líder puede intervenir. Entonces, ¿que se ha de hacer? Tomar la Verdad como la propia religión, tal como lo dijo Helena Petrovna Blavatsky:

“No hay religión más elevada que la verdad”. Por eso, para poder ser distintos primero debemos considerar y meditar en lo que deseamos ser, y sopesar si estamos dispuestos a hacer el esfuerzo, sacrificio que no es fácil, sino que está lleno de desafíos dentro del único ámbito en el cual podemos movernos para tener éxito, en nosotros mismos. En este reto sería bueno reflexionar en las palabras de San Pablo, el Apóstol, donde nos insta a ir más allá en este enfrentamiento: “No os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cual es la Voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”. En esta sugerencia de cambio, lo que llama la atención es que nos dice “no os adaptéis a este mundo” ¿A qué mundo se refiere? Quizás nos está señalando ese mundo en que nos movemos día a día, en donde no nos importan los demás. El mundo que vivieron nuestros antepasados, abuelos, padres, conocidos y en el que nos movemos hoy nosotros también. Ese en donde escucho música a todo volumen, sin importar si molesto a mi vecino, aquel donde escupo y boto basura, sin importar el lugar, donde condeno al ser querido, lo relego y me siento orgulloso de ser tan “fuerte”, ese donde para tener éxito debo ser competitivo, destructivo y sin compasión para tener ese puesto anhelado en esta sociedad individualista y consumista. Porque si es este mundo, no es necesario pensar en otro fuera de nuestra atmosfera planetaria, sino que en nuestro ambiente personal. Porque si queremos un sistema distinto, no hablemos de eso, sino que transformemonos nosotros mismos y demos una clara señal, no hipócrita, a medias aguas y deshonesta, sino con nuestra propia esencia, tal como lo insinúa Pablo: “Transformaos mediante la renovación de vuestra mente”. Pero debemos considerar que en esta transformación no son necesarias las barricadas, las protestas o la destrucción, y si fueran imprescindibles estas debieran ser contra nuestra propia mala voluntad, ignorancia, odio, fealdad, mentira guerra y condenación; poniéndoles atajo a la falta de humanidad y a la indiferencia hacia la pobreza y dolor de los que nos rodean. Porque si no es así, ¿a qué cambio nos estamos refiriendo cuando pedimos que este mundo cambie? ¿Aquel mundo donde cambio sólo para verme más aceptable, adaptable y cómodo? donde es mejor que el otro haga algo. No debemos olvidar que por nuestros frutos seremos reconocidos, y ¿cuáles son esos frutos? ¿dónde se siembran y son cosechados? ¿En qué mundo? Pues, no olvidemos que cambiar lo que llamamos mundo o sistema, comienza por la transformación de sí mismo, genuinamente y no a través de un taller de autoayuda de bajo costo o alguna organización espiritual que promueva una filosofía de moda, sino mediante aquel sacrificio que elimine de raíz, la autocompasión, borrando la falsa percepción de sí mismo, eliminando el “yo personal” que arrastra décadas de programaciones. ¿Para qué? Para abandonar nuestros malos hábitos, caprichos nocivos y vivir de acuerdo a la Voluntad de Dios; que es lo bueno, bello y perfecto.

Si queremos un mundo distinto, bueno, aceptable y perfecto, donde se haga la Voluntad de Dios, primero que nada debemos abandonar el engaño, pero el engaño respecto a nosotros mismos, comenzando por llevar a cabo la antigua frase del Templo de Apolo, en Delfos, “conócete a ti mismo”, y según las palabras de San Pablo, no nos conformemos con este siglo; más bien transforémonos por la renovación de nuestra alma, para que experimentemos la buena voluntad de Dios, que es agradable y perfecta.

Que simple parece esta frase de poder, “Conócete a ti mismo”, pero debemos saber que uno no se conoce a si mismo mediante una fase introspectiva carente de vitalidad y fuerza, sino en un verdadero enfrentamiento consigo mismo. Enfrentando nuestra propia sombra, constituida por todos los malolientes vicios arrastrados por décadas sin que nos molesten o fastidien, talvez porque en nuestro auto-engaño no nos damos cuenta de que están ahí, pero habitan dentro de nosotros, como huéspedes parasitarios, cuya renta a pagar es mas de nosotros mismos, a su yugo, y como consecuencia, menos deseos de superarnos y transformarnos legítimamente. Asi que al verdadero tirano al que hay que darle un golpe de estado no es al sistema o mundo, -al que consideramos real-, sino que es a nosotros mismos o a esa porción oscura que nos hace construir un mundo externo hostil y cruel. San Pablo, conminándonos a esta transformación, nos dice: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la Voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que es grato, lo que es perfecto”.

La mayoría está en el discurso de que quiere hacer algo por los demas, pero si antes de hacer algo por cambiar las cosas y ayudar al otro, no media la verdadera transformación de nuestra mente, no dejarán de ser palabras bonitas, pero carentes de la fuerza para llevar a cabo nuestro cometido. En esto está la mayoría, soñando que pensar de este modo es hacer algo, pero es el mismo discurso de siempre carente del impulso poderoso que transforma nuestra mente y mundo.

San Pablo nos invita a la transformación, diciéndonos: “no se amolden a la conducta de este mundo; al contrario, sean personas diferentes en cuanto a su conducta y forma de pensar”. Esta es una recomendación a que no nos acomodemos a la competitividad, a ser mejor que los demás cueste lo que cueste, al engaño, indiferencia, superficialidad, mal hablar y mal actuar, a ser desordenados pero fingir que no lo somos, luchar por el bienestar material propio y no pensar en los demás, ser fríos, calculadores y vengativos, sino más bien teniendo a Dios de primero en todo, y ser bondadosos, caritativos, sabiendo amar, siendo personas confiables y de recto actuar, apegados a la verdad, moviéndonos sin agresividad y siendo perdonadores. Todo esto acompañado de la buena voluntad para cambiarnos a nosotros mismos. Esta es la exhortación de los sabios de todas las edades.

Elegir cambiar es una decisión adulta, no como personalidad sino como alma, porque lo que viene de nuestro centro corazón, de Dios proviene. Ya lo dijo el Maestro Jesús: “Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas os serán añadidas”. ¿Cómo hacerlo? esto es muy simple, pero lleno de sinceridad, valor y madurez.

Comienza por entusiasmarte con cómo quieres ser, pero busca sabiamente un buen referente que conduzca la belleza de tu alma al mundo en el que te mueves, para que el cambio te haga benevolente, prudente y entrañable y no haga mella a la pureza de tu ser. La mejor noticia es que hay todo un blanco ejército esperando para ayudarte en tanto lo quieras tú. Para esto no tienes que ser religioso, monje o anacoreta, sólo ser sincero contigo mismo.

Ninguno de los grandes maestros de sabiduría ha conducido a la humanidad a la prisión de un credo, sino más bien a religarse a Dios. Asi que no te aprisiones tú en el deseo de cambiar, sin tener el verdadero propósito de hacerlo, porque si no lo logras te volverás una persona amargada, triste y molesta. Y cuando estás molesto, crees que el otro tiene la culpa de tu desdicha y entonces surge la frustración y esta atrae la rabia, y la rabia trae la violencia, y todas juntas contribuyen a formar un mundo cruel del cual quieres escapar violentamente, llevándote a un círculo vicioso que termina por acabar con tu energía y propósito. Esta es la historia de muchos, sin embargo, hay unos cuantos que lo han logrado y no sólo se transformaron ellos, sino que al mundo, haciéndolo un poco mejor. En esto hay que tener la simpleza de un grano de arena, tal vez, puede parecerte insignificante pero considera que unido a otros, forman una rivera de playa y en el ir y venir de las olas son llevados al insondable océano.

Has de unir tu inocente esfuerzo al propósito de los Grandes Seres que conocen el Plan Divino, este debe estar escoltado por tu propia transformación personal para ser llevado al inconmensurable océano de Compasión del Creador, renovado en el espíritu de tu mente con las virtudes del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y pureza de la verdad.

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